Claves de la ecología política aplicadas a la mercantilización de la naturaleza en pandemia

Por Alfonsina Puppo


Foto del Instagram @resiste.maleza



La ecología política como disciplina nos invita a profundizar en la relación que tiene la humanidad con la naturaleza y como reacción he elegido profundizar en el texto de Noel Castree “Marxismo y producción de la naturaleza”. Este texto, enfatiza desde el aporte de diversos autores de la corriente mencionada, cómo se ha complejizado la comprensión sobre las relaciones entre el capitalismo y el medio ambiente, sosteniendo que este vínculo tiene una relación intrínseca en sí misma.


Para llevar a cabo su debate, Castree argumenta que el concepto de la naturaleza es un constructo social que se ha adherido desde las ideas políticas de la ilustración, siendo la base del modelo y los modos de producción que actualmente conocemos bajo la economía del libre mercado. Se exponen dos perspectivas bajo este debate: una perspectiva naturalista que coloca en el centro a la naturaleza como un valor inherente, y por otro lado, la mirada del construccionismo social, cuyo énfasis está dado por entender cómo se ha elaborado conceptualmente esta relación, trasfondo de un vínculo cognitivo y material. Si bien el autor menciona que ambas perspectivas no logran trascender de este dualismo sociedad/naturaleza, plantea una alternativa para situar este debate y llevarlo al contexto local.


Se desarrolla así, el planteamiento del autor Neil Smith, quién incorpora el concepto de la naturaleza en las lógicas capitalistas valor de uso y valor de cambio, para reconocer cómo es posible evidenciar la presencia de los ecosistemas de forma inherente al sistema económico. Este ejercicio permite ampliar la mirada, para reconocer cómo desde diversas escalas en una era de crisis ambiental global, la naturaleza se haya presente en su extracción, distribución, intercambio, e incluso, en su consumo.


Bajo mi interés personal por profundizar mis conocimientos hacia el estudio de la relación entre la naturaleza y las personas desde el habitar cotidiano, me parece muy interesante llevar la distinción de la construcción social de la naturaleza a diversas escalas y diversas formas de intercambio y consumo.


En tiempos de pandemia hemos podido observar cómo el encierro ha generado una serie de consecuencias emocionales difíciles de lidiar, y que el contacto con la naturaleza se ha vuelto un tema de relevancia para disminuir las cargas de estrés y ansiedad. En la ciudad ese contacto usualmente se identifica en los lugares que tienen vegetación, ya sean jardines, plazas o parques cercanos a la vivienda que cuenten con flora y arbolado. Sin embargo, en momentos donde la pandemia aumenta sus contagios, los procesos de cuarentena cada vez restringen más la posibilidad de generar esa interacción.


La necesidad de interactuar con elementos vivos, han incorporado nuevas lógicas de consumo que he podido observar y que se materializan, ampliando el mercado de la naturaleza. Los huertos urbanos, son en este caso el ejemplo más clarificador.


Observo en redes sociales y me veo incluso en este relato, en mi cuenta de Instagram, donde la programación informática me sugiere lugares para comprar semillas, tomar cursos de huertas, incluso reconocer sistemas de riego eficientes y controlar plagas de una forma “amigable con el medio ambiente”. Reconozco cómo existen nuevos mercados y tiendas que fortalecen este consumo y como muchas personas de mi red más cercana, han comenzado a interesarse por el tema del “jardineo”, aún cuando muchas de mis amigas y cercanos viven en edificios con pequeñas terrazas.


Esta “necesidad de interacción con la naturaleza” no sólo se convierte en una discusión ética sobre la importancia de reconocer nuestro vínculo con lo más que humano, sino que se convierte en una demanda explícita de productos y precios que corren en el mercado. Vermicomposteras, abonos, tierra con perlitas, tierra de hojas, hortalizas y regadoras: todo en diversos packs que se presentan seductores y que si bien, podrían haber sido las actividades que usualmente reconocíamos en nuestros antepasados como una acción cotidiana que sostenían nuestras abuelas, ahora pasan a ser una moda que bajo la rápida acción del capitalismo, nutre las actividades que podemos realizar en estos tiempos de encierro.


Desde el punto de vista de las claves epistemológicas que he descrito, aquella interacción con la naturaleza se convierte en una necesidad, y la acción de jardinear se convierte en un síntoma del modelo económico, que muestra cómo el mercado ofrece una serie de elementos, para concretar esas acciones, que reconocemos como “inherentes” para recuperar nuestra salud mental. Al parecer reducir el estrés no es únicamente un aspecto ontológico de la pandemia, sino que se co construye con aquellos elementos que permiten alternar nuestra perspectiva con esa realidad atrapada.


Bajo las últimas reflexiones de Castree en su texto, cabe pensar en el énfasis que realiza a las ideas y trayectoria de David Harvey, sobre todo en su última obra “Justicia, Naturaleza y Geografía de la diferencia”. Aquí, Harvey comenta cómo las relaciones entre naturaleza y capital están intrínsecamente diferenciadas por el tiempo y el lugar, siendo imprescindible la contextualización para analizar esta relación, la que yo en el ejemplo de las huertas urbanas, observo desde una interacción con la naturaleza. Respondiendo a la pregunta en el libro de Harvey y llevándolo al caso que comento acá, me pregunto: ¿es este fenómeno actual un proceso destructivo? Me parece que no.


Creo que la interacción con la naturaleza es un paso más a la necesidad de conectar con aquello que sigue siendo material, pero que trasciende a la idea de un simple objeto. Permite ser la apertura a reconocer a otros seres vivos-como las plantas-, que implican acciones de cuidado y dedicación.


Me parece que existen diversas “trampas” que se generan bajo el capitalismo, y nuestra relación con la naturaleza se ve cooptada para llenar de accesorios una práctica tan sencilla como jardinear. Sin embargo, la diferencia de nuestra época, -contextualizando la situación-, es que aquellas necesidades que alimentan el sistema económico, comienzan a mostrar formas conscientes y conectadas con temas vinculados a la crisis ambiental global. Estamos dispuestxs a conectar con la dimensión más que humana, queremos reconocer el funcionamiento de la naturaleza y contribuir a su desarrollo dentro de la ciudad.


¿Será que las nuevas conciencias y necesidades que alimentan al capitalismo, estén transitando a nuevas formas de entender la naturaleza? ¿es posible que el modelo económico comience a fomentar un mercado asociado a la vinculación de la naturaleza, a tal punto que comencemos a reconocer cuánto hemos destruido de ella?

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